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Unas elecciones que se convierten en un plebiscito

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El candidato Aragonés fija las elecciones para 2025 y se presenta como sucesor de Junqueras

El MHP Pere Aragonès ha anunciado que las elecciones al Parlament de Catalunya tendrán lugar en febrero de 2025, tal y como marca la ley. Así lo ha hecho saber después de ser proclamado candidato a la presidencia de la Generalitat por ERC. Esta decisión puede sorprender a algunos, ya que implica nombrar a un candidato con un año de antelación y tener las listas electorales a punto. Es como si empezara una carrera con un día de ventaja.

El motivo de esta estrategia es resolver el dilema de liderazgo que planteaba la cohabitación entre Junqueras y Aragonès, sin esperar a ver qué ocurre con la posible inhabilitación del primero. Al parecer, ERC ha optado por promocionar Junqueras a un rol más simbólico y visionario, donde podrá escribir «páginas gloriosas». Nadie es más magnánimo con el reconocimiento que el que gana una partida. Por el momento.

¿Por qué anticipar al candidato si no hay elecciones anticipadas?

La pregunta que se hace mucha gente es: ¿por qué elegir un candidato a falta de doce meses para las elecciones, si no es para estar preparado para unas avanzadas? Las declaraciones en política duran lo que tarda en salir la próxima encuesta. Y es que este año es electoral, con las europeas en junio. Por eso, Aragonès ha hecho una pequeña remodelación del gobierno, creando lo que Partal denomina un ministerio orwelliano de la verdad, con un nuevo comisario político, Sergi Sabrià, preparando el triunfo del Gran Hermano con un control totalitario de los medios de comunicación. Una buena comparación aunque quizá algo exagerada. Más que el Gran Hermano, Aragonés parece el Mágico de Oz, el personaje de Frank Baum que maneja una maquinaria estrafalaria para aturdir e impresionar a su pueblo, haciéndose pasar por lo que no es.

En las elecciones europeas los republicanos muestran su iberismo presentando candidatura con la izquierda vasca y, en su caso, haciendo una candidatura con reminiscencia de Galeuzca. Al igual que Junts, que irá de la mano del más burgués PNV, en el fondo, otra forma de iberismo, más de buena familia. Los sucesores de la vieja convergencia tendrán que esclarecer si el partido se inclina hacia los nostálgicos de Shangri-la o hacia los jóvenes (y no tan jóvenes) que miran atrás con ira. El electorado también espera que el partido se defina. En cualquier caso, tendrá que resolver el mismo dilema que ERC y escoger a un candidato. He aquí que el MHP Carles Puigdemont se ha situado por encima de la pelea con su posición moral, pero no orgánica, lo que es inteligente para mantener unidas las filas. Al final, sin embargo, habrá que decidir y todo apunta a que lo hará a la manera de Enrique IV de Navarra, porque la Generalitat bien vale una misa.

Unas elecciones que no hablarán de independencia

Lo curioso de todo esto, alimento de las tertulias y falsedades del país, es que da por supuesto que las elecciones se decidirán en clave partitocrática con partitura en moderado cantabile de la gestión autonómica. Habrá también una danza de cuestiones prácticas, desde la amnistía, pasando por Cercanías, la inmigración, el catalán en la UE y en el Congreso español. Pero de la independencia nadie hablará. Business as usual.

Los análisis electorales giran en torno a los partidos con representación parlamentaria y, teniendo en cuenta la experiencia de las dos últimas legislaturas, es evidente que, para estos, la independencia de Catalunya nunca ha sido trending topic. En esta perspectiva, la única diferencia digna de atención es si la abstención sube y, en consecuencia, gana las elecciones el PSC o si las gana el bloque independentista; algo que, a su vez, no marca ninguna diferencia digna de atención.

Dos procesos que pueden cambiar el panorama

Sin embargo, dos procesos, hoy en marcha, amenazan con alterar las tranquilas aguas propáticas de la gestión autonómica reintroduciendo en el cuadro la necesidad de la independencia: la organización Aliança Catalana, de Sílvia Orriols, y la lista cívica que parece que propondrá la Assemblea Nacional Catalana. Ambas encontrarán muchas dificultades promovidas por la partitocracia y sus beneficiarios mediáticos.

Por lo que se refiere a la lista cívica, en caso de plantearse, es una experiencia nueva, ya que no es un partido más, sino una asociación ad hoc, con el único objetivo de proclamar la independencia. El big bang de la nueva era, tras el que devolverá la vida de partidos, como las golondrinas en verano. Sus componentes individuales, que pueden no ser políticos profesionales, serán, al parecer, elegidos por los ciudadanos y, si los aceptan, se comprometerán por escrito a proclamar la independencia.

Ahora bien, para que los diputados cívicos lleven a cabo tan noble labor, tendrán que contar con la defensa del pueblo ante las represalias del Estado, que serán inmediatas y devastadoras. Y ese es el punto crucial: ¿la tendrán? El primer indicador de si esto ocurrirá será la cantidad de participantes en la consulta. Y después, los votantes de la lista. Claro, si los diputados obtenidos por la lista no son decisivos en el Parlament, eso significará que la independencia no tiene suficiente apoyo.

En este sentido, la presencia de la lista cívica convierte las elecciones de 2025 en un plebiscito.

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